
Por Vanesa Alaguibe: No fueron “tres chicas” más. Fueron tres vidas jóvenes, brutalmente arrebatadas. La autopsia confirma lo que ya sabíamos: hubo torturas, golpes, cortes, un cuerpo quemado. No se trata de una noticia policial más. Se trata de un grito que nos atraviesa.
Todavía huele a miedo, a encierro, a dolor multiplicado. Todavía duele el modo en que, en lugar de horrorizarse, parte de la sociedad preguntó primero “qué hacían”, “quiénes eran”, “si eran prostitutas”. Esa pregunta no es ingenua: es odio, es estigma, es complicidad.
La violencia machista tiene raíces profundas y no distingue barrios ni edades. Este triple femicidio no puede analizarse como un hecho aislado. Es consecuencia directa de un Estado nacional que retrocede, que quita herramientas legales de protección, que intenta relativizar hasta la figura misma del femicidio. No alcanza con discursos vacíos ni con mirar para otro lado.
La mirada forense nos recuerda algo irrefutable: no hay crimen “pasional”, no hay excusas. Lo que hubo fue planificación, saña, un intento de borrar pruebas, de calcinar identidades. Y lo que queda en evidencia, una vez más, es que los protocolos de búsqueda, las alertas tempranas y la prevención siguen sin funcionar como deberían.
En tiempos donde el discurso oficial fomenta la indiferencia y hasta la burla frente al dolor ajeno, nuestra respuesta debe ser clara: Ni una menos no es una consigna vieja, es una urgencia de hoy.
Queremos justicia verdadera, no promesas que se archivan. Justicia que llegue rápido y con perspectiva de género. Justicia que no criminalice a las víctimas sino a quienes las asesinan.
Las vidas de Brenda, Morena y Lara importan. Importan ayer, hoy y siempre.
Y mientras el odio busca dividirnos, nosotras seguimos gritando juntas: vivas, libres y sin miedo nos queremos.