Los viajeros suelen desconocer esta región que se destaca por la cultura de sus pueblos originarios, las empanadas con pimentón y las hilanderías.
Cuando los turistas porteños deciden emprender viaje a los Valles Calchaquíes suelen detenerse en las provincias de Salta, donde están Cafayate y Cachi, y de Tucumán, con Amaicha del Valle y las ruinas de Quilmes. Muchos desconocen que allí radica una triple frontera en la que también está Catamarca, con la ciudad de Santa María del Yokavil y sus alrededores.
Se puede llegar a Santa María -cuyo nombre designa a la cultura originaria de toda la zona, incluidas las de las provincias vecinas- desde Cafayate, por un trayecto de ripio de la ruta 40. También se puede acceder desde Amaicha, por el asfalto de la 17. En este caso se entrará a la ciudad del valle del Yokavil por un ampuloso arco y se verá una estatua de la Pachamama, embarazada, pese a que muchos lugareños representan a la Madre Tierra como una anciana.
Antes de adentrarse en el poblado conviene parar en Cabramarca, establecimiento fundado por un alemán que produce quesos y dulce de leche a partir de la leche de cabra. Allí se pueden comprar productos más baratos que los que se ofrecen de la misma marca en las góndolas de algunos supermercados de Buenos Aires.
Para los que no quieran dormir en Santa María, a cinco kilómetros del monumento a la Pachamama está El Puesto, con alguna estancia que aloja entre corrales de llamas y cerca del río Santa María o el camping del Sol. Quien, en cambio, quiera meterse en la ciudad, de 10.000 habitantes, se encontrará por la calle Esquiú con el telar del Suriara y más adelante con la plaza principal, la Belgrano, que no es tan turística como la de Cafayate, pero ofrece a su alrededor algunos hoteles y restaurantes como El Colonial.
Allí, sobre la plaza está la iglesia principal, la moderna Nuestra Señora de la Candelaria. En la parroquia se pueden adquirir libros como Cristianismo e interculturalidad , que coordinó el sacerdote agustino José Demetrio Jiménez, y que ayudará a comprender un poco el collage de culturas y religiones que se produjo a partir de la llegada de los españoles a estas tierras de diaguitas, dominados aquel entonces por los incas. Enfrente de la iglesia, un local ofrece artesanías y tapices del artista local Ricardo Yapura.
En una esquina de la plaza, una visita imperdible: el Museo Antropológico Eric Boman. Allí se apreciará la cerámica típica de los pueblos originarios, con figuras de suris, víboras, ranas, cruces, flechas y chamanes. Los diaguitas eran, además, grandes hilanderos, trenzadores, tejedores, trabajadores del metal, tallistas en piedra y madera. Cerca de Santa María se pueden visitar sitios arqueológicos.
Antes de entrar a la ciudad por la 40, desde Cafayate, están los sitios de Fuerte Quemado y Cerro Pintado, en Las Mojarras. Después de Santa María, siempre por la ruta 40, está el pueblo de San José, con el sitio de Loma Rica de Shiquimil. En la plaza central de San José se puede visitar, además, el santuario de San Roque -lo recomendable es ir el 16 de agosto, cuando los lugareños saludan con sus pañuelos a San Roquito- y comer una docena de empanadas muy ricas enfrente, en el bar El Encuentro, por 16 pesos. Están bien condimentadas por el pimentón típico del lugar.
Santa María ofrece un clima seco, soleado, a veces con viento y polvo. Está rodeado de montañas y sierras de siete colores o más. Su río, el Santa María, sólo lleva mucho caudal en verano, en tiempo de deshielo en la zona de donde nace, la sierra del Cajón.
